El CUERPO GLORIOSO

 

En el Nuevo Testamento se menciona que poseemos  un cuerpo incorruptible, un cuerpo de luz pura, el cuerpo glorioso. En un lejano pasado, gracias a él, podíamos viajar en el espacio para verlo y conocerlo todo.  Pero puesto que al descender en las regiones más densas de la materia hemos olvidado este cuerpo, ahora está privado de todo medio de manifestación.  Por lo tanto, debemos ocuparnos de él y alimentarlo para que se desarrolle de nuevo y vuelva a desempeñar su antigua función, porque es en este cuerpo en el que vivimos eternamente, y gracias a él volveremos a tener todos los poderes que poseíamos en el pasado: los animales nos obedecerán, los espíritus nos servirán…Todas las fuerzas están a disposición de aquel que ha conseguido desarrollar su cuerpo glorioso, porque Dios viene a morar en el cuerpo glorioso, y no en el cuerpo físico.

 

Cómo desarrollar nuestro cuerpo glorioso

¿Qué hacemos con una semilla? La plantamos, nos ocupamos de ella, la regamos, y entonces crece, se convierte en un árbol, es decir, en un cuerpo desarrollado, vigoroso. Pero este cuerpo ya estaba potencialmente en la semilla con todas las posibilidades de desarrollo futuro. Todo está contenido en la semilla: su tamaño, su belleza, y los frutos del árbol; pero hay que alimentarla, regarla, de lo contrario se muere.

 

El cuerpo glorioso está ahí, en nosotros, bajo la forma de una semilla, de un germen, y el trabajo del discípulo consiste precisamente en regarlo, calentarlo, alimentarlo. Por eso, cuando tienen momentos de vida espiritual intensa, cuando oyen música, cuando se sienten emocionados por un espectáculo de una gran belleza, en este momento alimentan su cuerpo glorioso, y lo refuerzan. Estos sentimientos de amor y de admiración, estas emociones, son partículas gracias a las cuales los alimentan de la misma manera que la mujer embarazada alimenta a su hijo con su sangre, con sus pensamientos y sentimientos.

 

Solo pueden alimentar su cuerpo glorioso con elementos purísimos y luminosos; por ello deben estar atentos al escoger sus pensamientos y sus sentimientos; y cuando se presenten momentos difíciles en los que se sientan turbados, odien, o se sientan celosos o quieran vengarse, acuérdense inmediatamente que están retardando la formación de este cuerpo glorioso; por lo que deben cambiar vuestro estado de ánimo.

 

El cuerpo glorioso solo puede formarse con lo mejor de nosotros mismos. Si lo alimentamos durante mucho tiempo con nuestra carne, nuestra sangre, nuestro fluido y nuestra vida, llega a ser luminoso, radiante, poderoso, e inmortal, porque está formado de materiales inalterables y eternos, siendo capaz de hacer maravillas, primeramente en nosotros mismos, y luego fuera de nosotros.

 

Pero se preguntarán, ¿“cómo atraer estos materiales”? Por la ley de la afinidad. Cada uno de nuestros sentimientos, nuestros deseos y de nuestros pensamientos, tienen la propiedad de atraer del espacio la materia que le corresponde. Así, los buenos pensamientos, los buenos sentimientos y los buenos deseos sostenidos por una firme voluntad, atraen partículas cuya materia es pura, eterna, e incorruptible. Si el discípulo trabaja cada día para atraer esta materia, ésta entra y se instala en su organismo, encuentra en él su lugar y al mismo tiempo expulsa todas las antiguas  partículas polvorientas, apagadas y enmohecidas, hasta lograr la renovación completa del cuerpo físico, del cuerpo etérico, del cuerpo astral y del cuerpo mental.

 

Por otra parte, cada partícula de materia está unida a una fuerza, y cuanto más pura es la materia, más vibra y atrae las energías inherentes a esa pureza. Por lo tanto, cuando reemplazan en su organismo partículas viejas por otras nuevas, más puras, tomadas de las regiones celestiales, atraerán también hacia ustedes corrientes de energías que proceden de lo alto. Así, cada vez que se elevan hasta el mundo divino para contemplarlo, bajo todas sus formas de luz, de belleza, de música, y de armonía, recogen nuevas partículas; y puesto que cada una está viva, no llega sola, sino que lleva consigo las fuerzas, las energías y los espíritus que le corresponden.

 

Deben conseguir superarse para atraer las partículas más puras y más luminosas del océano etérico y soldarlas a su cuerpo glorioso.  Pueden atraer estas partículas desde hoy mismo, al principio en pequeña cantidad, y después cada día más. Y esto es lo que hacen por la mañana yendo a la salida del sol: se alejan de la tierra, se unen al cielo, al sol, para tomar algunas partículas luminosas que añaden a su cuerpo glorioso.



 

Extraído del libro “La nueva Tierra”

 Autor: Omraam Mikhaël Aïvanhov

Editado por Bien de Salud

con la autorización de Editorial Prosveta

www.prosveta.com

FRANCIA

 

05/07/2021

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