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TESTIMONIO DE LA DRA. ANA MARÍA LA JUSTICIA SOBRE LOS BENEFICIOS DEL MAGNESIO



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Tenía 31 años, había nacido ya mi cuarto hijo y estábamos veraneando junto al mar. La sensación de pesadez que siempre tenía en la región lumbar se había hecho insoportable. No aguantaba estar sentada en la playa y tampoco podía estar en la arena echada boca abajo. Me dolía la pierna derecha y pensaba que debía tener algo en los riñones.

 

Me dirigí a un médico, considerado en su época como el mejor internista de la ciudad, y después de visitarme, me recomendó que toda la vida usara faja entera con varillas que me sujetara el cuerpo, que no me la quitara ni para dormir y ni siquiera para bañarme en el mar.

 

A tres años de esto, durante el embarazo de mi quinta hija, el dolor de la parte baja de la columna me obligó durante meses a permanecer en casa. La sensación de pesadez, dolores de piernas, problemas en la piel y el extraordinario cansancio iban en aumento. Empezaba a tener taquicardias y también calambres al despertarme. Mis dolores de cabeza eran continuos.

 

Tuve otra hija, la número 6 de mis hijos, y los problemas citados llegaron a agravarse tanto, que prácticamente vivía como una enferma. No aguantaba estar de pie; los dolores y la sensación de pesadez en la parte delantera de los muslos eran constantes, el dolor ciático frecuentísimo, los calambres, etc. Aun habiendo permanecido ocho o diez horas en la cama, levantarme era un drama para mí y no podía sacarme el sueño de encima. Mi sueño era irregular y tenía frecuentemente taquicardias y sensación de opresión y dolores en el pecho y en el corazón. Estaba convencida de que en cualquier momento tendría un infarto o una angina de pecho y vivir de ese modo resultaba angustioso.

 

Llegó un día en que la sensación de dolor cerca del corazón, como si fuera una angina de pecho, fue tan grave y aguda que, como estaba en el pueblo, subió un especialista del corazón con un aparato portátil, y, después de auscultarme y hacerme un electrocardiograma, manifestó que yo no tenía nada que funcionase mal en el corazón, sin embargo, yo me sentía morir y pasé cuatro días inmóvil en la cama, sin siquiera poder hablar.

 

¿Cuál era la causa de todos esos trastornos?  Una deficiencia crónica que, en ciertos momentos, se hacía muy aguda: MAGNESIO.

 

Lo grave es que ni los médicos ni yo lo sabíamos entonces. Siempre con mi faja de varillas y a fuerza de mucha ilusión y voluntad, ayudaba a mi marido en la dirección (y también en algunas labores, a veces) de una finca agrícola.

 

Hubo un año que pasé casi tres días ayudando a pesar sacos de trigo de 50 Kg., para lo que tenía que quitar o poner grano al saco que un hombre ponía en la báscula. Para igualar el peso, lo hacía con un movimiento de giro ya que el trigo que sobraba lo echaba a un lado, o el que ponía, lo tomaba de un saco que tenía a mi izquierda.

 

Cuando pasaron dos o tres días de este hecho, empezó lo que me resultó más molesto y grave de todos los desequilibrios que iba sufriendo. Se agudizaron los dolores de cabeza, tenía vértigos en cuanto movía la cabeza, además de que algunos síntomas que hacía años venía padeciendo se agravaron. El cansancio era abrumador y no me encontraba bien levantada, pero tampoco en la cama, en la que buscaba una postura que me aliviara. A través de la piel se me veían continuamente hematomas en los brazos y en los muslos.

 

Los médicos que me visitaron me diagnosticaron artrosis generalizada y lordosis lumbar muy acentuada, seguramente por el peso de los embarazos sucesivos. Como la artrosis, según me manifestaron, era incurable, me proponían fijarme las vértebras de la cintura con un injerto del hueso de la pierna.

 

Cuatro médicos me ofrecían esta solución para paliar mis dolencias, aunque me manifestaron que el desgaste de los cartílagos no tenía solución pues la artrosis, según ellos, era progresiva e irreversible. “Nadie puede hacer crecer el cartílago desgastado”, manifestaban todos.

 

La operación no era una idea que me sedujera, pero cuando llegó el momento en que andaba con el cuerpo, el cuello y la cabeza formando un bloque rígido, y empezó a resultarme imposible realizar un pequeño giro, entonces, tomé la decisión de operarme.

 

Para ello me dirigí a un buen especialista, quien me hizo varias radiografías y a la vista de las cuales manifestó que no podría hacerlo. Textualmente me dijo: “No puedo operarte, porque tienes el esqueleto sin vida, como el de una mujer de ochenta y siete años y no prendería el injerto, con lo que la operación no haría más que traerte nuevos problemas. Tienes artrosis, osteoporosis y picos de loro en las vértebras que son los que, rozando los nervios, te producen los dolores. Este problema es irreversible y además progresivo”.

 

Entonces me dio analgésicos, antirreumáticos y antiinflamatorios (por cierto, con cortisona). Me recomendó que los tomara lo menos posible: “cuando ya no puedas más”. Pero, como ustedes comprenderán, yo había decidido operarme porque ya no podía aguantar más aquellos dolores, aquellos vértigos y aquel malestar general.

 

Otra cosa buena que me recomendó, además de no operarme, es que hiciera una gimnasia que sacaba hacia afuera la región lumbar, que yo tenía muy hundida, y tracciones en la región cervical. Todo esto evidentemente palió un poco el problema y pude ir haciendo una vida seminormal.

 

Para leer, me sentaba en un sofá al que le acercaba una mesita que tenía una altura ideal para poder escribir, y me ponía un cojín estrecho debajo de los muslos para que el final de la columna no tocara el asiento. Luego, uno muy grueso para tener la espalda bien apoyada.  Dos medianos a los lado en que apoyaba los brazos (pues siempre me dolían y no tenía fuerza en ellos) y otro gordo delante apoyado en el borde de la mesa sobre el que ponía el libro y me servía como atril.

 

Posiblemente, debido a la medicación con corticosteroides, me apareció una diabetes; así que dejé todos los fármacos. También modifiqué mi dieta, pues al explicarme el médico la gran descalcificación de mis huesos, comía a diario distintas clases de quesos para suprimir el calcio en pastillas. Asimismo, reemplacé el pan blanco por pan integral y, a media mañana o con la merienda, tomaba orejones de albaricoque y avellanas. De este modo (sin yo saberlo entonces), aumenté la cantidad de magnesio en mi alimentación, cosa que contribuyó a mi mejoría.

 

En aquella época tenía pasión por el chocolate y encontraba uno muy oscuro, y por lo tanto muy rico en cacao, endulzado con ciclamato. A lo largo del día iba tomando cuadraditos del mismo, lo que me iba suministrando buenas cantidades de magnesio, pues el cacao es uno de los alimentos más ricos en este mineral.

 

Entonces, también sucedió un cambio en mi vida que consistió en dejar el pueblo donde vivía e irme a una gran ciudad. Allí me dediqué de lleno a la dietética, para lo que me puse a estudiar cuanto podía encontrar sobre el tema (casi todos los autores eran extranjeros) y me coloqué en una empresa de productos de régimen.

 

Hice además un cursillo de dietista y, leyendo y leyendo, un día una hija mía puso en mis manos un librito que hablaba de las propiedades curativas del magnesio. Como yo tenía la cara llena de forúnculos y el texto explicaba que con magnesio estos se curaban, empecé a tomar cloruro de magnesio. Efectivamente, los forúnculos desaparecieron. Pero además noté una gran mejoría general, y seguí tomándolo a diario.

 

Me encontraba más suelta, más animada y los que me conocían solían decirme: “Ana, te encontramos muy bien”. Yo les respondía que en efecto estaba muy mejorada y creía que, aparte de la vitalidad que me proporcionaba el magnesio, el realizar una actividad que me gustaba tanto era la causa de las nuevas fuerzas y el optimismo que tenía.

 

Tanto había mejorado que, yo que no podía llevar un bolso de mano si éste no era muy ligero, ya iba de compras y volvía con las provisiones que trae un ama de casa cualquiera. En la tienda de Dietética en la que laboraba, iba atreviéndome a coger cajas cada vez mayores y un día, levantando una bastante pesada, sentí un dolor y quedé torcida hacia un lado.

 

Pensé que, si se me había producido una hernia discal, era lo único que me faltaba para completar los desastres de la columna. Al efecto fui al médico, me hicieron radiografías y dijeron que lo que me había hecho era simplemente un esguince; que el daño era muscular y que tenía la columna bien. Yo insistí:

 _ ¿Bien?

 _Sí, señora, usted tiene la columna bien.

 

Salí pensativa y, al verme cabizbaja, los que me vieron pasar sin duda podían pensar que me habían dado una mala noticia. Y no, me habían dado una noticia maravillosa que no podía entender y que me sumía en un mar de perplejidades y que era una realidad ininteligible para mí.

 

Empecé a comprender claramente por qué las personas que me conocían me encontraban tan mejorada. Es que hacía ya algún tiempo que no me dolía la cabeza, que no sentía vértigos, ni aquel cansancio que me aplastaba, ni sentía dolores en la articulación de la cadera, ni en las rodillas, ni en las piernas, tampoco en los brazos; ya no me daba pereza peinarme, cosa que hubo un tiempo en que suponía para mí una labor penosísima.

 

Se me había curado la artrosis. Pero, ¿cómo y por qué?  Lo único que yo hacía diferente en mi vida, comparando con años atrás, era que tomaba magnesio a diario, y hacía una dieta muy equilibrada.

 

Es verdad que el médico que me diagnosticó el esguince, y que me dijo que tenía la columna bien, no era el mismo que me había dicho que era inoperable porque mi esqueleto estaba muerto. El diagnóstico de artrosis, osteoporosis y picos de loro (espondilosis) me lo habían hecho cinco médicos distintos en diferentes ocasiones ya, a lo largo de varios años de padecimientos.

 

Sin embargo, cuando mi artrosis debía haber empeorado, me decían que tenía la columna bien y, ante mi asombro, el médico llamó a otro que estaba en aquel momento en el despacho y los dos repitieron que “tenía la columna bien”.

 

Esta declaración sorprendente, inesperada y en cierto modo increíble (porque siempre me habían dicho que la artrosis era progresiva e irreversible), además, estaba de acuerdo con mi modo de sentirme: bien, con ganas de hacer cosas y sin vértigos ni dolores.

 

En el medio en que laboraba, productos de régimen y dietética, tenía ocasión de relacionarme con médicos. Cuando les explicaba lo sucedido, me miraban con cara de incredulidad, de escepticismo, cuando no notaba yo que además me miraban pensando: “Esta pobre mujer está un poco ida”.

 

Pero hubo un doctor en Gerona al que le expliqué lo que me había pasado. Me escuchó todo el relato, no puso una cara rara y me dijo: “Señora, usted tiene una carrera científica, yo también. Explíqueme desde un punto de vista científico qué relación tienen sus forúnculos con el hecho de que ya no coja tantas gripes y constipados, y con el que se le haya curado la artrosis, pues en principio, en apariencia, no hay ninguna”. Yo le respondí: “Si la Bioquímica ha descubierto el papel que juega el magnesio dentro de nuestro organismo, dentro de un tiempo, le responderé”.

 

De momento yo sí veía una relación entre mis varios problemas. Los anticuerpos y glóbulos blancos que me defendían de los estafilococos, de los forúnculos, de las bacterias y virus de las faringitis, los resfriados y las gripes estaban constituidos por proteínas. Y los cartílagos también están formados fundamentalmente por proteínas, siendo el colágeno la más abundante de ellas.

 

Empecé a estudiar Bioquímica a fondo, y tuve la inmensa suerte de que la Biología molecular ya conoce perfectamente el mecanismo de síntesis de proteínas (que es el mismo en todos los seres vivos) y en mi búsqueda encontré que el magnesio es uno de los componentes indispensables en su formación. Esta síntesis proteica es fundamental para la conservación de nuestra salud y el mantenimiento en buen estado de los tejidos de nuestro cuerpo.    

 

 

Dra. Ana María Lajusticia

ESPAÑA

 

La Dra. Ana María Lajusticia es licenciada en Ciencias Químicas por la Universidad de Madrid y ha realizado estudios sobre agricultura y alimentación animal. Ha publicado artículos sobre estos temas en diversas revistas especializadas. Desde principios de los años 70 se dedicó al estudio de la Dietética basada en la Bioquímica y la Biología Molecular. Ha escrito 10 libros, dos de los cuales han sido traducidos al francés, alemán, holandés y portugués.  En la actualidad la Dra. Lajusticia tiene 92 años, el año pasado publicó el libro “La muerte súbita” y sigue dando conferencias sobre diversos temas de salud, en especial sobre el papel del magnesio en la bioquímica del cuerpo humano. La Dra. Lajusticia es amiga personal del Dr. José Luis Pérez-Albela, Director Médico de la revista Bien de Salud y han compartido muchas conversaciones sobre el tema que les apasiona “El magnesio”.

 

 

04/01/2022

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